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jueves, 2 de mayo de 2019

CRISTINA FERNÁNDEZ DE KIRCHNER Bajo la lluvia pude contarles




     Bajo la lluvia pude contarles también que, cuando venía en el avión de Aerolíneas Argentinas, se había acercado una señora para saludarme y contarme que a su padre en el PAMI no le querían poner una prótesis. Eso era lo que ya estaba pasando en la Argentina: un gobierno que no cuidaba ni se ocupaba de los argentinos ni de las argentinas. También les dije que en esos meses había guardado un responsable y democrático silencio, precisamente por respeto a la voluntad popular, pero que la voluntad popular no la tenía que respetar únicamente la oposición sino también el gobierno que había ganado prometiendo que no iba a devaluar, que no iba a echar a la gente de sus trabajos, que no iba a haber tarifazos y que no iba a haber ajustes.

     Desde esa tribuna improvisada percibí el enojo de muchos compatriotas contra el 51% que votó al gobierno de Macri. Les pedí que no se enojaran ni con su amigo, ni con su vecino, ni con su pariente porque eso nos dividía y no nos servía, que creía que teníamos que trabajar unidos, que entendieran que no todos podían defenderse de los medios hegemónicos de comunicación que les habían picado la cabeza durante años con mentiras, infamias y barbaridades. Que para mirar al futuro había que construir un gran frente ciudadano, donde no se le pregunte a nadie por quién votó, ni en qué sindicato está, ni en qué partido, sino si le está yendo mejor o peor que antes, porque el punto de unidad precisamente era la batalla por los derechos perdidos o por la felicidad perdida y porque nuestro lema “la Patria es el otro” había pasado a ser “la Patria es del otro”.

     Aquella convocatoria amplia a la conformación de un frente ciudadano era tal vez premonitoria de la creación de Unidad Ciudadana como espacio político ese 20 de junio de 2017 en el estadio de Arsenal en Sarandí. A esa altura del discurso había evidencia, y muy sonora, de que gran parte de la multitud no sólo estaba molesta con el 51% que había votado a Macri, sino que estaba muy, pero muy enojada con los legisladores que habían integrado nuestras listas y a los pocos días de asumir como diputados decidieron irse de nuestro bloque. Es que no sólo habían hecho perder al peronismo la mayoría legislativa en la Cámara de Diputados, sino algo que es infinitamente más grave: habían votado leyes propuestas por el gobierno de Cambiemos en contra de los intereses del país y del pueblo. El enojo estaba particularmente dirigido hacia un diputado que desde agosto de 2009 y hasta el 10 de diciembre del 2015 había sido, nada más ni nada menos, que el director general de la ANSES, uno de los cargos más relevantes por presupuesto y competencia de la administración pública nacional. Me gritaban: “¿Y con los traidores qué se hace?”. Y pedían que el legislador devolviera la banca. Mientras tanto, desde el fondo empezó a crecer un cántico con insultos hacia el diputado, que me decidió a intervenir para serenar y distender: “Así no van a convencer a nadie”, les dije. Tenía razón, aunque ellos también. No en los insultos, eso nunca sirve. Sí en estar enojados. El caso de este legislador era muy particular. No era un dirigente como otros, que tuviera historia ni militancia propia en nuestro partido o en las fuerzas aliadas, que hubiera desempeñado una función o cargo electivo con anterioridad por mérito propio. Tampoco era conocido. Su lugar en la política, su notoriedad, el alto cargo que ocupó en nuestro gobierno y su presencia en la lista de diputados nacionales del 2015 se debieron, pura y exclusivamente, a decisiones que yo había tomado. No tengo dudas que esa fue la razón del enojo.

     Cuando promediaba el final de mis palabras frente al edificio de Comodoro Py, ya había dejado de llover y, a pesar de la espera, la multitud seguía compacta. Pude percibir claramente una enorme cuota de angustia, de dolor, de incertidumbre. Les prometí que iba a seguir batallando para que la gente volviera a ser feliz, para que vuelva a sentir que la libertad no es un sueño imposible, que no quería ver a una dirigente social como Milagro Sala encarcelada, sin que se supiera a ciencia cierta de qué se la acusaba, por qué se la juzgaba, porque eso atentaba contra los derechos y garantías en una democracia. Les pedí que no se preocuparan por mí, que había renunciado voluntariamente a tener fueros porque no los necesitaba, tenía los del pueblo. Que necesitábamos recuperar la libertad, luchar contra la estigmatización de los opositores, porque teníamos que volver a soñar y a poder realizarnos en libertad. Libertad para volver a crecer y a trabajar, para sentir que el gobierno los cuidaba y no los maltrataba. Porque las argentinas y los argentinos debían ser cuidados, merecían ser cuidados. Les repetí que no se preocuparan por mí, porque yo no les tuve ni les tendría miedo, había sido honrada con el voto popular y como había respetado esa voluntad, también exigía al gobierno electo que respetara y honrara esa voluntad porque a eso se habían obligado, prometiendo que todos los días los argentinos iban a vivir un poco mejor e iban a ser más felices. Se les prometió que nadie iba a perder lo que ya tenía. Sentí que los miles que me acompañaban esa mañana hubieran querido prolongar ese momento de reencuentro, de afecto. Les agradecí y les dije que aun cuando estuviera nublado, el sol siempre saldría otra vez. Y esa mañana en Comodoro Py, cuando terminé de hablar, no sólo la lluvia había cesado sino que, además, un tibio sol asomó entre las nubes e iluminó esa multitud conmovedora. ¿Había sido sólo un discurso o la descripción anticipatoria de lo que ya algunos empezábamos a ver? Siempre sostuve que ser dirigente no es tener o ejercer un cargo, por más alto que este sea, sino la capacidad de poder ver y anticipar lo que vendrá. Aunque debo reconocer que no siempre es posible anticipar la violencia política planificada, como la que me tocaría vivir con mi familia apenas un año después.


Cristina Fernández de Kirchner (Tolosa, partido de La Plata, 19 de febrero de 1953)
En Sinceramente, 2019. Páginas 66 y 67

martes, 5 de marzo de 2019

GUILLERMO SAAVEDRA Butifarra y Carta de amor




   EL FESTI-CLOACA AN(U)AL DE UN BUTIFARRA

“¿Qué tren, qué pan? ¿Tovén? ¡Pesada herencia!
Aserejé… los garcho… Despacito.
Narco ya fue, te juro por papito:
¿No tené lú? ¡Quejate a la gerencia!

Toy de vacanza y… ¡pum!… ¡puta tormenta!
¡Vamo Boquita, vamo lo cuaderno:
tenemo arrepentido, qué moderno!
¡No griten má, bolú, paguen las cuentas!

Tamo mejor, flybondis con garompa;
pamechu un vogüe, off shore: ¡tutto Caputo!
Todo lo grone grasa stán de luto,
tamo en la festi-cloaca de lo trompa.

¿“Pobreza ce…”? ¡Saraza: mucha yuta!”,
graznó antes de morir este hijo ‘e puta.


   CARTA DE AMOR DE UN DELINCUENTE A OTRO

Quiero mudarme a Comodoro Py
para confiarme enteramente a ti,
para que nadie sepa que mentí,
que extorsioné a lo loco y delinquí

como un pirata inglés o magrebí,
y a cuatro manos guita recibí
de mil otarios. Decime que sí,
chichi Ercolini, por favor, decí.

Ya lo tenemos a ese buen gurí,
el fiscal Curi, culo de organdí,
pidiendo a gritos que manden a Py
la causa chota que tienen aquí.

(¡No mandés audios, por favor, tri-trí,
o este Padilla nos pone a parir!)



Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 7 de octubre de 1960). Poeta, escritor…

jueves, 19 de julio de 2018

GUILLERMO SAAVEDRA Sarazas de un canalla sin libreto


"Muchos argentinos sienten angustia frente a la tormenta que estamos atravesando, pero estamos haciendo el esfuerzo correcto"
Macri en conferencia de prensa. Fuente: sus patrones, hasta que lo suelten, de Clarín

SARAZAS DE UN CANALLA SIN LIBRETO

Con su aspecto de verga inanimada,
de batracio anorgásmico e inerte,
el títere infeliz de mala muerte

volvió para decir otra vez “nada”.
Parece que Durán ya no alimenta
con nuevas excrecencias de la lengua
la labia de este anélido sin mengua:
sus únicas razones son “tormenta”,

“el mundo con sus vientos engañosos”,
y “viejas” e improbables “estructuras”.
Sus manos de muñeco escrofuloso
volaron cual Flybondi a escasa altura,

palpando, sin querer, su gran futuro:
un palo en el ojete, grueso y duro.


A UN JERARCA RADICHA DE PROVINCIA

Como toda lamprea reaccionaria,
esta cánula gélida de enema
no porta una moral, firma con varias
que escupe con desprecio entre dos flemas.

Radicha más amargo que el Chupete,
trepó como una laucha con diarrea
bien alto en un partido que al garete
cambió su dignidad por una oblea.

Impune comprador de decisiones
de jueces, de testigos y de canas,
gobierna con el hígado y se ufana
de humillar a Milagro sin razones.

Hundiéndose Cambiemos, se desmarca:
“¡Suban las retenciones!”, grazna el garca.



Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 7 de octubre de 1960). Poeta, escritor…